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Estatuto Marco: cuando el conflicto es crónico

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Publicado el 06/02/2026
 Artículo de opinión de nuestra secretaria general, María José García Mateos, publicado en prensa regional, crónica de la situación en torno al conflicto del Estatuto Marco

Publicado en el diario La Opinión de Murcia el 6 de febrero de 2026
 
El conflicto médico en torno al Estatuto Marco no es nuevo ni repentino. Tampoco es fruto de una escalada improvisada. Es una situación crónica, un problema de fondo, de largo recorrido, que se ha ido construyendo a lo largo de los meses e, incluso, de los años. 
Desde enero del pasado año, con la publicación del primer borrador del Estatuto Marco —un texto que el colectivo médico identificó desde el inicio como profundamente lesivo para la profesión—, se puso en marcha una primera hoja de ruta. No fue una reacción impulsiva, sino una planificación consciente: análisis, explicaciones públicas, movilizaciones progresivas y, como último recurso, la convocatoria de huelga.
A lo largo de ese año, el comité de huelga médico, integrado por la Confederación Española de Sindicatos Médicos CESM y el Sindicato Médico Andaluz SMA, fue convocado para la negociación con el Ministerio de Sanidad en un número limitado de ocasiones. En total, no más de ocho o nueve reuniones en un año. No se trató de un proceso negociador continuo ni estructurado, sino de encuentros espaciados, con avances escasos y, en la mayoría de los casos, poco significativos.
Además, esas reuniones se desarrollaron siempre sin textos cerrados. El comité de huelga no dispuso, en ningún momento, de un documento concreto sobre el que poder negociar. Se trabajaba sobre ideas generales y propuestas verbales, sin un texto real que permitiera contrastar avances, corregir errores o cerrar acuerdos verificables. Aun así, el comité acudió a todas las convocatorias, manteniendo la voluntad de diálogo y la expectativa de que el proceso acabara traduciéndose en cambios sustanciales.
Las movilizaciones no llegaron como respuesta tardía al bloqueo, sino como parte del plan definido desde el inicio. Hubo concentraciones y manifestaciones en Madrid y en distintos territorios y todas ellas se convocaron con el apoyo unánime de la profesión y de las organizaciones que le representan. Todas estas acciones, además, registraron cifras masivas de seguimiento. Sin embargo, no fue hasta la convocatoria de la primera jornada de huelga nacional cuando el Ministerio comenzó a llamar al comité de huelga para abrir lo que se presentó como un proceso de negociación. Hasta entonces, pese a las advertencias reiteradas, no hubo una interlocución real.
Poco después, llegaron dos huelgas de un día y, finalmente, en diciembre, una huelga de cuatro días que supuso una semana de servicios mínimos: una huelga de gran impacto, no sólo simbólico. Durante esos paros se dejaron de realizar miles de cirugías y decenas de miles de pruebas diagnósticas. El coste para el sistema sanitario fue enorme. El mensaje del colectivo médico fue claro y responsable: este sistema no es sostenible.
En plena huelga, un jueves, el Ministerio convocó al comité de huelga en Madrid. Los miembros del comité, residentes en distintos puntos de España, nos tuvimos que desplazar de manera urgente para una reunión que, con el tiempo, se reveló más como una escenificación que como un intento real de desbloqueo. Allí, se anunció que la semana siguiente se iniciaría una negociación monográfica centrada en los cinco grandes ejes que habían motivado la huelga: un estatuto propio del médico, reclasificación profesional, jornada, exclusividad y movilidad.
Esa negociación nunca llegó a producirse. Cuando el comité regresó a Madrid, ya finalizada la huelga, el escenario había cambiado por completo. Se comunicó que la negociación quedaba rota, que existía un preacuerdo con otros sindicatos no profesionales y que, a partir de ese momento, las condiciones laborales de los médicos no se negociarían con los médicos. El comité de huelga quedaba, de facto, anulado.
Desde entonces, no ha habido nuevas convocatorias ni intentos de recomponer el diálogo. El texto ha seguido su tramitación administrativa y, recientemente, se ha escenificado el cierre del borrador con una firma pública ante los medios de comunicación, como si dar por terminado un documento equivaliera a resolver un conflicto.
Pero este es un error de diagnóstico. En Medicina, sabemos bien qué ocurre cuando se ignoran los problemas crónicos: no se resuelven, se enquistan.
La experiencia también ha enseñado algo al colectivo médico, y es que el impulso de ir a una huelga indefinida nace de algo muy comprensible: el desprecio acumulado. Del cansancio de jornadas que se alargan hasta las 50 ó 60 horas semanales. De la sobrecarga en Atención Primaria, donde el médico apenas dispone de diez minutos para atender a un paciente. De la imposición de guardias obligatorias mientras las decisiones las toman quienes no han hecho guardias. 
Esa falta de reconocimiento empuja a querer dar un golpe en la mesa y plantear una huelga indefinida, de semanas o del tiempo que sea necesario para revertir la situación. Pero la experiencia también enseña algo incómodo: en ese pulso, la Administración siempre tiene más capacidad de resistencia. Puede esperar a que el profesional se agote económicamente y, cuando el acuerdo llega tras ese desgaste, suele ser rápido, insuficiente y profundamente injusto.
Por eso, tras casi dos meses de debate interno y de votaciones en las que han participado todas las comunidades autónomas y todas las organizaciones que representan a los médicos en este país, se ha optado por una estrategia distinta: una estrategia pensada para sostener el conflicto en el tiempo sin destruir a quienes lo protagonizan.
A partir de febrero y hasta el verano, los médicos están convocados a paros potentes y sostenidos, concentrados en la tercera semana de cada mes, porque estamos ante un conflicto visible, organizado y vivo. Tras el verano, se reevaluará la situación y se decidirá, mediante votación, cómo continuar.
Somos conscientes de que un conflicto crónico se afrontar con resistencia, con planificación y con la determinación de no desaparecer. Vamos a seguir estando, haciendo frente a este modelo, porque no hacerlo tendría consecuencias mucho más graves.
En este camino, es imprescindible el apoyo de la población y de las comunidades autónomas. No sólo como respaldo moral, sino como palanca para que la Administración se siente de una vez a negociar con quienes sostienen el sistema sanitario y conocen su realidad. Este no es un problema corporativo: es un problema que afecta directamente a la calidad de la atención que reciben los ciudadanos.
No se trata de estar permanentemente en conflicto: habrá un desenlace y estamos preparados para continuar el camino hasta alcanzarlo. Porque se trata de no retirarse cuando lo que está en juego es estructural. Porque este es un problema de futuro.
Por nosotros, por nuestros pacientes y por el futuro de la Medicina. 

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